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...La hija del mar y el sol   


José Molinelli
Geomorfólogo
sábado, 15 de noviembre de 2003



A principios de la era Mesozoica no existía Puerto Rico, ni las Antillas, el Mar Caribe o el Océano Atlántico. En su lugar había una gigantesca masa terrestre llamada Pangea, que comprendía todas las masas continentales que hoy existen.

América del Sur estaba unida al margen occidental de África, América del Norte al oeste de Europa, y Antártica, Australia e India a la porción meridional de América del Sur y África. América Central no existía, y el sur de Méjico colindaba con lo que hoy es Colombia. Los océanos y masas continentales estaban poblados por una gran variedad de formas de vida vegetal y animal, y ya habían comenzado a aparecer los primeros dinosaurios. Los humanos no fueron testigos de estos cambios, ya que aparecen sobre la Tierra más de 195 millones de años después.

Para entender nuestro origen geológico hay que remontarse unos 200 millones de años atrás cuando este supercontinente comenzó a fraccionarse. La primera etapa, la de la ruptura de Pangea y la formación del primer Mar Caribe, se inició cuando poderosas fuerzas tectónicas comenzaron a separar gradualmente a América de Norte de lo que hoy son Europa, Africa y América del Sur. Así, mediante actividad volcánica submarina, se formó el fondo del Océano Atlántico.

La segunda etapa, la formación del arco de islas de las Antillas Mayores, se inicia cuando México se separa de Colombia. En el espacio generado, la convergencia entre placas oceánicas hace que surjan volcanes submarinos en el lado Pacífico de lo que hoy es América Central. Éstos estuvieron activos por decenas de millones de años, apilando miles de metros de rocas como resultado de las violentas erupciones y las emisiones de lava. Estas montañas de roca volcánica eventualmente emergieron sobre el nivel del mar, formando las islas que hoy constituyen las Antillas Mayores. La tercera etapa se inicia con la deformación de estas rocas a medida que las Antillas se desplazaron hacia el noreste, hasta chocar con la plataforma de las islas Bahamas.

En el caso de Puerto Rico, fuerzas tectónicas compresivas deformaron y desplazaron las rocas que hoy comprenden el interior montañoso central. Rocas fundidas provenientes de grandes profundidades inyectaron las rocas preexistentes, insertando en ellas grandes masas de rocas intrusivas que hoy forman el batolito San Lorenzo-Humacao y el plutón de Utuado. Grandes bloques de la corteza terrestre se desplazaron lateralmente a lo largo de fallas geológicas que hoy afloran desde Aguirre hasta Rincón y desde Humacao hasta Ciales. En el perímetro costero se depositaron sedimentos calcáreos que aún se observan a través de la Cordillera Central en lugares como las cuevas de Aguas Buenas y el barrio Sumidero. En el Caribe, esta tercera etapa culmina con la incorporación de Cuba a la placa de América del Norte y con un cambio hacia el este en la dirección de movimiento de la placa del Caribe.

Luego de concluir la etapa de volcanismo y la formación de montañas por procesos orogénicos, la Isla entra a una cuarta etapa de estabilidad geológica en la que dominan los procesos de erosión y sedimentación. La erosión eliminó el paisaje volcánico y redujo la topografía a un sistema de bajo relieve donde las partes más resistentes quedaron como cerros y lomas. A la misma vez se fueron sumergiendo gradualmente porciones extensas al norte y sur de Puerto Rico, desde Aguada hasta Río Grande y desde Cabo Rojo hasta Santa Isabel, donde se depositaron miles de metros de sedimentos calcáreos y terrígenos. A fines de esta etapa la Isla era mucho más pequeña que al presente, siendo más bien una llanura ondulante rodeada de mares llanos poco profundos.

Doce millones de años atrás la Isla entró a una nueva etapa de fallamiento y elevación, ascendiendo centenares de metros sobre el nivel del mar. La llanura ondulante se elevó, convirtiéndose en una meseta cuyos restos aún persisten claramente en Barranquitas y Aibonito, donde el Cañon de San Cristobal sigue atrincherándose en su cauce. El fondo de los mares llanos poco profundos también emergió, exponiendo los sedimentos calcáreos a la acción erosiva de la lluvia y los ríos. En el norte de Puerto Rico, donde la lluvia es mayor, la acción fluvial comenzó a modelar los valles, mogotes, abras, cavernas, ríos subterráneos, colinas y sumideros que hoy caracterizan el paisaje espectacular de la región del carso norteño. A partir de los últimos 2 millones de años las oscilaciones en el nivel del mar jugaron una función importante en la configuración de las costas de Puerto Rico. En períodos de glaciación el nivel del mar bajaba, quedando conectadas por un puente de tierra las islas de Vieques y Culebra con la "Isla Grande". Los ríos se atrincheraban y la costa se extendía varios kilómetros mar adentro con respecto a su posición actual. Al descongelarse los glaciares el nivel del mar subía, inundando las costas y penetrando a través de los valles excavados por los ríos formando bahías como la de San Juan.

Cuatro glaciaciones ocurrieron durante este período y al finalizar la última glaciación, hace unos 10,000 años, el nivel del mar se estabilizó prácticamente en su nivel actual. Desde entonces se han formado las dunas de arena, playas, mangles, caños y bahías en las costas, y los ríos siguen depositando sedimentos en los valles y planicies costeras de nuestra tierra borinqueña.

Cuando al entonar nuestro himno digamos "Es Borinquen la hija del mar y el Sol" recordemos que nuestra tierra es hija del mar porque nació como resultado de la actividad volcánica submarina que formó la imponente montaña de rocas que luego de decenas de millones de años emergió sobre la superficie del mar. Es también hija del Sol porque éste ha provisto el calor que ha evaporado las aguas marinas, formando las nubes cuya lluvia ha esculpido los perfiles de nuestras montañas, mogotes y cerros. Lluvia que ha nutrido de agua los ríos, quebradas y acuíferos, y que con la fuerza erosiva de la escorrentía, ha formado valles, cañones, meandros, terrazas, mogotes, abras, cuevas y cavernas. Su acción deposicional ha formado las vegas, abanicos aluviales, deltas, dunas, playas y humedales que hoy demarcan nuestras costas, llanos y valles, configurando el rostro de Puerto Rico. No es sólo poesía, es una realidad científica: la tierra puertorriqueña es hija del mar y el sol .


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