En mi nombre no
Adria Cruz
Columna Treinta y tantos
Periódico Primera Hora

viernes, 28 de marzo de 2003     

Punto de encuentro

De todas las imágenes que nos han llegado de la guerra, la que más impacto ha causado en mí es la de un niñito iraquí de unos cuatro o cinco años de edad, asiendo con fuerza sobre su pecho un paquete amarillo.

Decía el calce de la foto que el nene sostenía un paquete de comida distribuido por la marina británica como parte de la primera "ayuda humanitaria" recibida en Umm Qasr, al sur de Irak. En Umm Qasr, un pueblo devastado por los ataques de las tropas de la coalición angloguaréver, un pueblo cuyo valor principal es un puerto que ya Estados Unidos cedió mediante contrato a una empresa privada, aun antes de terminar de arrasar con la ciudad y muy lejos todavía de asumir el control de Irak por la fuerza. Les vendieron el puerto, pero les mandaron paquetitos de comida.

El niñito de la foto vestía mahones y un suéter de franela rojo y negro que contrastaba con la bolsa amarillo brillante que sus manitas apretaban como si se tratara de un gran tesoro. Estaba sucio, despeinado, y tenía una cara de susto y de incertidumbre que daban ganas de abrazarlo. Probablemente los bombardeos destruyeron su vecindario, su casa, su escuela. Tal vez perdió a su padre, o a su madre, a sus abuelos o a algún hermano menor. Pero eso no importa, porque ya recibió un paquetito de comida.

Así es esta guerra. Así de absurda. Así de injusta. Así de bochornosa. No hay nada peor que la impotencia de vernos utilizados como excusa para destruir, para hacer daño, para matar. En mi nombre no es esa guerra. En mi nombre no.

¿Que la intención es liberar a Irak de un dictador? Tengo una lista enorme de países regidos por dictadores que hubieran opuesto mínima resistencia y tal vez hasta hubieran recibido con brazos abiertos a sus "salvadores". ¿Que en Irak se violan los derechos humanos? Basta con visitar la página güeb de Amnistía Internacional para tener de dónde elegir, comenzando por Arabia Saudita, la gran aliada de Estados Unidos, donde las mujeres son más oprimidas y perseguidas que en Irak y en otros países musulmanes. ¿Que Irak tiene armas de destrucción masiva aunque no lo quiera reconocer y aunque la ONU no las pudiera encontrar? Corea ha aceptado gustosa su culpa, ¿por qué no la invaden a ella? ¿Que Irak está cundío de petróleo? ¡Oh! Ya veo. Pero no. En mi nombre no.

Los puertorriqueños estamos, ante la guerra, tan divididos, confundidos y avergonzados como lo hemos estado en todas nuestras experiencias colectivas frente a eventos de naturaleza política. El sentir general, el mayoritario, el que se desprende casi del aire, es de rechazo al conflicto bélico, de anhelo por la paz. Pero está matizado por un sentido de culpa con distintas tonalidades. Porque los términos ideológicos se confunden y polarizan de forma tal que la paz y la guerra adquieren los colores de nuestro insignificante debate político diario. Porque son muchos los hijos e hijas, esposos y esposas, los hermanos y hermanas, los padres y madres, los amigos y las amigas que pudiéramos perder en esta guerra. Porque no sabemos ni tenemos la más mínima idea del dolor tan grande que debe ser el ver al país de uno literalmente destrozado, arrasado, mutilado y violado por intereses económicos ajenos a nuestra realidad. Porque no conocemos el temor ni la incertidumbre de no saber si amaneceremos con vida al día siguiente. Porque no conocemos el hambre, la soledad y la desolación que dejan las guerras. En mi nombre no.

Ojalá y ese niñito del paquete amarillo supiera que de este lado del mundo hay muchos como él, víctimas de los desmanes y las ambiciones de los adultos. Ojalá y supiera que hay otros que, aunque en mejores condiciones materiales, sufren, sin entender razones, la ausencia de sus padres. Ojalá y cuando crezca, si es que le dan la oportunidad de crecer, no se convierta en uno más de esos hombres iracundos y resentidos, dispuestos a matar inocentes y a morir en nombre de Alá.

Es que Dios, llámenle como le llamen, a fin de cuentas no está exento de ser usado, como nosotros, para justificar maldades e injusticias. Si Dios hablara de formas menos divinas, diría claramente lo que millones de personas gritamos alrededor del mundo, aunque los poderosos no nos escuchen: en mi nombre, NO.

Escríbeme a: acruz@primerahora.com
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